El Acto Reflejo

Hoy, mientras barría la casa y pensaba en todas las cosas que tengo que preparar para viajar a Argentina, me quedé dando vueltas a una idea que había surgido a partir de un tuit. Alguien afirmaba que los chicos son cada vez más conservadores y que piensan menos por culpa de la inteligencia artificial.
Mi primera reacción fue pensar que la inteligencia artificial es demasiado reciente como para explicar por sí sola un fenómeno de esa naturaleza. Pero la afirmación me llevó a otra pregunta: ¿cómo se construye el conocimiento y qué condiciones hacen que aceptemos algo como verdadero?
Creo que una parte de la respuesta tiene que ver con la transformación del valor que le atribuimos a la palabra escrita.

1. La palabra escrita y la autoridad de la verdad


Durante mucho tiempo, la palabra escrita tuvo una autoridad que hoy está desapareciendo. Un libro, una enciclopedia o un texto escolar eran el resultado de un proceso que implicaba un costo económico, un trabajo editorial y, al menos en principio, una responsabilidad por lo que se publicaba. Alguien había escrito esas palabras, alguien las había seleccionado y alguien había decidido que merecían ser publicadas.
Nada de esto garantizaba que fueran verdaderas. Los libros también contenían errores, interpretaciones equivocadas y falsedades. Sin embargo, existía una expectativa razonable de que la información hubiera pasado por algún tipo de proceso de validación. La posibilidad de identificar al autor, a la editorial o a las instituciones responsables también permitía atribuir responsabilidades y cuestionar lo publicado.
Internet modificó radicalmente las condiciones en las que circula la información. Cualquiera puede publicar cualquier cosa, sin necesidad de demostrar sus afirmaciones, someterlas a revisión o asumir una responsabilidad proporcional al alcance de lo que escribe. El costo de producir y distribuir información se redujo enormemente, y con él desaparecieron muchos de los filtros que antes intervenían en su circulación.
Sin embargo, nosotros, la Generación X, que vivimos esa transición, seguimos arrastrando parte de la relación psicológica que establecimos con la palabra escrita. Leemos una afirmación y, casi instintivamente, le concedemos autoridad. La frase aparece escrita, tiene la forma de una declaración y parece contener una verdad, pero no tomamos en cuenta que es un Raúl escribiendo en Twitter lo primero que se le ocurre.
El problema no es que antes todo lo escrito fuera verdadero y ahora todo sea falso. El problema es que las condiciones de producción de esas palabras han cambiado, mientras que nuestra disposición a concederles autoridad no necesariamente lo ha hecho al mismo ritmo.
La palabra escrita sigue produciendo en nosotros un efecto de verdad, aunque las condiciones que justificaban ese efecto ya no estén presentes.

2. ¿Cómo se construye el conocimiento?


Esto me lleva a una cuestión más fundamental: ¿sobre qué bases aceptamos que algo es verdadero?
En el mundo moderno, la ciencia constituye uno de los principales sistemas para construir conocimiento compartido. Su característica central no consiste simplemente en formular afirmaciones, sino en establecer procedimientos para someterlas a prueba, contrastarlas con la evidencia y permitir que otras personas las cuestionen.
Supongamos que un libro escolar afirma que el Everest mide 8.848 metros. Un alumno probablemente no se pregunte quién lo midió, cómo se hizo la medición o quién verificó el resultado. Acepta la afirmación porque confía en una cadena de personas e instituciones que supone que ya realizó ese trabajo.
Detrás de una frase aparentemente sencilla existe, por lo tanto, una estructura de confianza. Confiamos en que alguien obtuvo la información, en que otros pudieron verificarla y en que existen procedimientos para corregirla si resulta equivocada.
El conocimiento científico no depende de que una afirmación sea aceptada por una mayoría, sino de que pueda sostenerse mediante evidencias y procedimientos de comprobación. La aceptación colectiva importa, pero no sustituye a la evidencia.
Además, el sistema debe permitir que una afirmación nueva contradiga una anterior. Si una investigación presenta pruebas suficientes de que una conclusión aceptada hasta entonces era equivocada, el conocimiento debe poder modificarse. Incluso quien defendía la posición anterior tiene que poder reconocer que la evidencia justifica una conclusión diferente.
Este mecanismo requiere algo más que investigadores y experimentos. Necesita una comunidad dispuesta a aceptar unas reglas compartidas: qué cuenta como evidencia, cómo se evalúan las pruebas, qué condiciones permiten considerar una afirmación suficientemente justificada y qué se debe hacer cuando aparecen resultados contradictorios.
En otras palabras, la ciencia no es solamente una manera de conocer el mundo. Es también una forma organizada de gestionar nuestras discrepancias sobre él.

3. No todas las verdades se construyen de la misma manera


Pero la ciencia no es la única fuente de las afirmaciones que las personas consideran verdaderas.
Pensemos en la Iglesia católica y en la doctrina de la Trinidad: Dios es uno y trino. No se trata de una afirmación que pueda demostrarse mediante experimentos o verificarse de acuerdo con los procedimientos habituales de las ciencias empíricas. Su aceptación se fundamenta en la doctrina religiosa, la tradición y la autoridad de la Iglesia, dentro de una comunidad de creyentes.
Para quien pertenece a esa comunidad, la afirmación puede constituir una verdad fundamental, aunque su justificación sea diferente de la que se exige a una afirmación científica.
No es necesario resolver aquí si una forma de verdad debe prevalecer sobre la otra. Lo importante es reconocer que responden a criterios distintos de aceptación.
En un caso, la afirmación se somete a procedimientos de comprobación empírica que, en principio, permiten revisarla si la evidencia lo exige. En el otro, su autoridad procede de un marco doctrinal compartido que establece qué debe aceptarse como verdadero.
La diferencia resulta fundamental porque nos permite entender que las sociedades siempre han convivido con distintas formas de construir y legitimar la verdad. Durante buena parte de la historia, la autoridad religiosa, la tradición, las jerarquías políticas y las costumbres proporcionaron marcos comunes para determinar qué debía creerse.
La modernidad científica no eliminó esas formas de autoridad. Lo que hizo fue consolidar un sistema de producción de conocimiento que, en determinados ámbitos, permitió establecer criterios de comprobación independientes de las creencias particulares de cada comunidad.
El problema aparece cuando esos diferentes criterios dejan de estar claramente delimitados y empiezan a competir por la misma clase de autoridad.

4. La atomización de la autoridad


Internet no solo multiplicó la cantidad de información disponible. También multiplicó la cantidad de personas y grupos capaces de presentarse como autoridades y de construir comunidades alrededor de sus afirmaciones.
Antes, esa autoridad estaba distribuida de manera desigual, pero relativamente reconocible. Podía proceder de una universidad, una institución científica, una iglesia, un periódico, un partido político o un Estado. Cada una de esas instituciones tenía sus propios mecanismos de legitimación y sus propias formas de ejercer influencia.
Hoy, una persona puede construir una audiencia, difundir una interpretación del mundo y conseguir que miles o millones de individuos la acepten como verdadera sin que sus afirmaciones hayan pasado por procedimientos rigurosos de comprobación.
La aceptación de una afirmación puede depender de la confianza en quien la formula, de la identificación emocional con un grupo, de su repetición constante o de la hostilidad compartida hacia quienes la cuestionan.
De esta manera, una comunidad puede terminar construyendo su propia verdad. No necesariamente porque haya encontrado evidencias que la sostengan, sino porque dispone de suficiente cohesión interna para aceptar sus afirmaciones y defenderlas frente a las objeciones externas.
Esto no significa que toda afirmación respaldada por una comunidad sea falsa, ni que las instituciones tradicionales fueran necesariamente confiables. Las universidades, los medios de comunicación, los Estados y las iglesias también pueden equivocarse, ocultar información o defender intereses particulares.
La cuestión es otra: ¿qué mecanismos permiten distinguir entre una afirmación que una comunidad acepta porque ha sido suficientemente contrastada y otra que acepta porque confirma su identidad, sus creencias o sus prejuicios?
Cuando la autoridad deja de depender de procedimientos compartidos de comprobación y pasa a depender principalmente de la capacidad de una persona o un grupo para imponer su relato, el concepto mismo de verdad empieza a cambiar de función.
Ya no se trata solamente de averiguar qué ocurrió o qué podemos conocer, sino también de determinar qué relato estamos dispuestos a aceptar como propio.

5. La globalización como un acuerdo sobre la realidad


Es aquí donde creo que el problema adquiere una dimensión que va mucho más allá de internet, las redes sociales o la inteligencia artificial.
La globalización permitió que sociedades con idiomas, culturas, tradiciones e historias muy diferentes desarrollaran formas de cooperación a una escala extraordinaria. Evidentemente, una parte fundamental de ese proceso se apoyó en el capitalismo, el comercio y los intereses económicos compartidos.
Pero el intercambio comercial, por sí solo, no explica toda la estructura que hace posible esa cooperación.
Para comerciar entre países, necesitamos establecer contratos, medir cantidades, determinar precios, verificar la calidad de los productos, reconocer obligaciones y resolver conflictos. Necesitamos confiar en que los datos que recibimos tienen algún grado de correspondencia con la realidad y en que existen procedimientos para dirimir las discrepancias.
Una empresa alemana puede comprar productos a una compañía china sin compartir su idioma, su religión o su cultura. Lo que permite la operación es, entre otras cosas, la existencia de estándares, mediciones, contratos y mecanismos de verificación que ambas partes pueden reconocer.
Lo mismo sucede en la investigación científica internacional, en la ingeniería, en la medicina y en muchas otras actividades que requieren cooperación entre personas que no comparten una identidad cultural.
No quiero decir que el método científico haya creado por sí solo la globalización. El comercio, la política, el poder militar, las instituciones jurídicas y muchos otros factores fueron determinantes. Pero la posibilidad de construir conocimientos contrastables y de establecer procedimientos comunes para resolver desacuerdos constituye una de las condiciones que permiten cooperar más allá de las fronteras culturales.
La globalización necesita, por lo tanto, algo más que intereses coincidentes. Necesita un cierto grado de acuerdo sobre cómo determinar los hechos relevantes, cómo comprobar las afirmaciones y cómo resolver las diferencias cuando dos partes sostienen cosas incompatibles.
Ese acuerdo exige que, aun cuando pensemos de manera diferente, dispongamos de mecanismos compartidos para discutir sobre aquello que consideramos verdadero.

6. ¿Qué sucede cuando dejamos de compartir los criterios de verdad?


Imaginemos que ese acuerdo empieza a debilitarse.
Si dos sociedades sostienen interpretaciones incompatibles de un acontecimiento, pero ninguna reconoce los procedimientos que la otra considera válidos para comprobarlo, ¿cómo pueden resolver la discrepancia?
Pensemos en las acusaciones que afirman que el sionismo es racista o que Israel comete genocidio, construcciones generadas y propagadas por grupos interesados en deshumanizar a Israel y a los israelíes. Son afirmaciones generadas y sostenidas sin evidencia, formuladas con el propósito de lograr una masa crítica de rechazo de quienes detestan a los judíos y necesitan una justificación para poder canalizar ese odio. Poca gente, más que los propios acusados, se detiene a afirmar que no hay evidencia para semejante acusación. Mientras tanto la mentira sigue circulando y el daño se agiganta con relatos e imágenes falsas. Los acusados se ven en aprietos porque deben sostener con evidencia comprobable que las acusaciones son falsas y se invierte la carga de la prueba sin que a nadie le parezca extraño.
Que una afirmación se convierta en dominante dentro de una comunidad no demuestra por sí mismo que sea verdadera. Sin embargo, si cada grupo establece sus propios criterios de verdad y considera ilegítimo cualquier procedimiento que pueda cuestionar sus conclusiones, el desacuerdo deja de ser una disputa que puede resolverse mediante argumentos compartidos. Se convierte en una confrontación entre comunidades que reconocen autoridades diferentes y aceptan realidades diferentes.
En esas condiciones, el problema ya no es simplemente que circule información falsa. Es que desaparece, o se debilita, el terreno común sobre el que podríamos discutir acerca de ella.
Y si esto sucede a escala internacional, las consecuencias pueden afectar a la propia estructura de la globalización.
Podemos imaginar, al menos, dos posibilidades.
La primera es que se debiliten los acuerdos que permiten a países con intereses y valores diferentes cooperar entre sí. No necesariamente desaparecería el comercio, porque los intereses económicos seguirían existiendo. Pero podrían deteriorarse los mecanismos de confianza, la legitimidad de las instituciones internacionales y la capacidad de resolver conflictos mediante procedimientos aceptados por las partes.
La segunda posibilidad es que surja una nueva forma de orden global, basada no tanto en criterios compartidos de comprobación como en la autoridad de determinados Estados, instituciones o bloques ideológicos capaces de imponer sus propias interpretaciones de la realidad.
En ese escenario, la cooperación internacional podría continuar, pero las condiciones que la organizan serían diferentes. En lugar de depender principalmente de reglas que aspiran a ser reconocidas por todos, dependería en mayor medida de relaciones de poder, lealtades y acuerdos entre grupos que no necesariamente comparten una misma concepción de la verdad.
No se trataría de la desaparición de la globalización, sino de su transformación.

7. La cuestión de fondo


Quizás por eso la discusión inicial sobre los chicos y la inteligencia artificial no sea, en realidad, una discusión sobre la inteligencia artificial.
La IA puede agravar el problema al facilitar la producción de textos, imágenes y argumentos convincentes que no necesariamente corresponden con hechos reales. Pero el problema es más antiguo y más profundo: la facilidad con la que una afirmación puede adquirir autoridad sin haber pasado por un proceso que justifique esa autoridad.
Hemos reducido enormemente el costo de producir información, pero no hemos desarrollado de manera equivalente nuestra capacidad colectiva para distinguir entre información, conocimiento y creencia.
Seguimos leyendo frases y atribuyéndoles significado, pero cada vez tenemos más dificultades para determinar por qué deberíamos aceptarlas. Y no siempre contamos con las herramientas, el tiempo o la disposición necesarios para reconstruir la cadena de evidencias que permitiría justificarlas.
La pregunta, entonces, no es solamente cómo podemos evitar que los chicos piensen menos o se vuelvan más conservadores. Es cómo podemos preservar las condiciones que permiten que personas con ideas, intereses y creencias diferentes construyan conocimiento compartido.
Porque una sociedad no necesita que todos sus integrantes estén de acuerdo sobre todo. Necesita que exista algún procedimiento mediante el cual puedan discutir, cuestionarse y, llegado el caso, reconocer que estaban equivocados.
Si ese procedimiento se pierde, no desaparecen las opiniones ni las convicciones. Tampoco desaparecen los intercambios comerciales, los intereses económicos o la necesidad de cooperar. Lo que se debilita es la posibilidad de resolver nuestras diferencias apelando a algo que esté por encima de la autoridad particular de cada uno.
Y si la globalización moderna se desarrolló, en parte, gracias a la posibilidad de compartir criterios para establecer hechos y resolver desacuerdos, entonces la crisis de esos criterios puede ser también una crisis de la globalización tal como la conocemos.
La cuestión es si seremos capaces de reconstruir un lenguaje común o si terminaremos organizando el mundo alrededor de distintas comunidades de verdad, cada una con sus propias autoridades, sus propias certezas y sus propias reglas.
Porque, en definitiva, el problema no es que hayamos dejado de escribir la verdad en los libros.
Es que todavía no sabemos cómo convivir cuando ya no compartimos las razones por las que creemos que algo es verdadero.